miércoles, 24 de diciembre de 2014

Cuentecillo de Navidad



Los renos de nariz colorada daban vueltas sin parar. Parecía un atasco de lunes por la mañana en la entrada a la capital.

En medio del bosque, la actividad era frenética. Ese bosque de cuento que no se sabe dónde está, si en Laponia o en un rincón escondido del Polo Norte. Pero da igual. Para nuestra historia no importa el lugar.

Entre los renos, unos duendes se afanaban haciendo algo. Hombrecillos muy pequeños, algunos con una larga barba blanca, vestidos con ropa de paño y gorros de punta y con los que siempre he oído que había que tener cuidado porque cuando te despistas te hacen toda clase de travesuras. También había duendecillas mujeres, normalmente muy abrigadas y con coloretes en sus mejillas adornando sus grandes sonrisas.

Papeles llenos de letras y colores iban y venían de mano en mano: había que clasificar las peticiones para hacérselas llegar a todos en los próximos días.

Todo era alegría, todo era música, todo era luz. Era evidente que los duendes eran felices haciendo su trabajo.


En medio de esta vorágine, un polvo brillante se movía sin parar haciendo dibujos.

Llegó por fin la hora en que, con todo preparado, cada uno montó en su vehículo: es verdad que antes eran trineos, pero ahora había toda clase de artilugios voladores porque la técnica había avanzado mucho. Los renos, como eran mágicos, volaban aunque ya no por encima de las nubes sino por el espacio de la red.

Los duendes, que bien pensado se parecían mucho a los humanos, decidían a quién entregar sus creaciones. Habían conseguido transformar su magia en felicitaciones, unas veces más bonitas y otras menos, pero siempre con las mejores ganas.


La montaña de regalos crecía. Y entre ellos, había muchos que no se podían envolver porque no tenían forma. Ni siquiera tenían materia, sino que estaban hechos de deseos, sentimientos y esperanzas. Esos que todos tenemos y en los que, a veces, ni siquiera pensamos:

  • Disfrutar de regalos hechos a mano con mucho esfuerzo e imaginación.
  • Ver la alegría de niños, jóvenes y no tan jóvenes en los reencuentros.
  • Saber que el cariño sigue, año tras año, instalado y creciendo a pasos agigantados.
  • Sentirnos parte de una piña que arropa a los de dentro. 
  • Pensar en los que se fueron como parte inseparable de lo que dejaron.
  • Enseñar a los que vinienen que el amor se lleva muy dentro.
  • Oír que te dan las gracias por querer tanto.



Darabita suspiró. Miró  a su alrededor con satisfacción. Las esquinas de su boca, sonrieron sin esfuerzo. Con un fuerte impulso, puso punto y final a su creación, montó en un trineo portátil y se dejó guiar por su reno “W-lan” para llegar hasta todos sus amigos (y no amigos) y dejarles millones de deseos de que pasaran una felicísima Navidad, y de un Año Nuevo cargado de cosas buenas.



Y colorín colorado, este cuentecillo de Navidad ha acabado.












@Darabita

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