martes, 14 de enero de 2014
Películas
Cierro los ojos y observo lo que tengo a mi lado. Es como cuando en el cine se apagan las luces y ya no vemos al que tenemos al lado, sino que sólo vemos lo que se refleja en la gran pantalla.
Si yo pudiera ser la única guionista de esta película quizá la haría de otra manera: inventaría historias para que todos los días me pasara algo emocionante; sacaría del baúl de personajes a aquellos que pudieran darme más juego; me rodearía de gente interesante que supiera lo que era vivir a pleno pulmón; vestiría las mejores galas, viviría en las casas más impresionantes, comería langosta en alta mar y carne asada en las montañas, viajaría a lo largo y ancho de este mundo llenándome los ojos de imágenes prefabricadas; buscaría un príncipe azul perfecto que supiera en cada momento qué me hace falta. Y todo esto para hacer un guión perfecto, de los que a la gente le gustan porque se aleja de su vida diaria.
Pero no soy la única guionista. Y si lo fuera, siempre he dicho que no persigo cosas perfectas.
Me gustan eso pequeños errores que nos ayudan a darnos cuenta de que somos humanos; esos momentos de tristeza que nos hacen ver las cosas buenas como si no lo fueran; esas contradicciones que nos empujan a decir sí y a la vez mover la cabeza hacia los lados; esas ganas irrefrenables de movernos cuando estamos descansando y las ganas de tumbarnos cuando estamos andando; esa lucha sin cuartel por conseguir que nos miren a la cara sin miedo a ser escrutados; esos vientos que nos revuelven el pelo y esa lluvia que nos quita el maquillaje; esas ganas de atrapar un sueño que corre siempre por delante; esos pensamientos agazapados que esperan salir cuando menos los esperamos; esa persona que, lejos, piensa en ti y te hace vivir con su dulzura momentos mágicos.
Cierro los ojos y observo lo que tengo a mi lado.
Y me encanta sentir que aunque todo esté oscuro, tú siempre, siempre, estás al alcance de mi mano.
@Escritos
lunes, 6 de enero de 2014
El regalo
El crujir de la escalera la sacó de su ensueño. Se vio ya casi en la misma
puerta y se dio cuenta de que no sabía cómo había llegado hasta allí. En los
brazos, un cuaderno gastado, una caja de madera y nácar, y un cesto con cintas
de grogrén de varios colores y anchos.
Entró despacio en la buhardilla y se paró un minuto para que, sin encender la bombilla desnuda que colgaba del cable, sus ojos se acostumbraran a la luz que entraba por la ventana. Le gustaba el aire de intimidad que da en la oscuridad un rayo de luna azul entrando a hurtadillas.
Y se fue directa a su querido y apreciado baúl.
Primero, lo miró largamente como si le diera miedo acercarse, pero luego acarició delicadamente la tapa para quitarle el polvo inexistente y tocó la larga cerradura que no necesitaba candado porque nadie hurgaba en sus cosas.
Al abrirlo sonó un leve quejido que no era más que el sonido de unas bisagras necesitadas de aceite.
Y a su mente acudió aquella primera vez que destapó ese baúl, algunos años antes, para adoptarlo como el verdadero contenedor de sus tesoros.
Entre postales de las que ya no se escriben, poemas garabateados en servilletas de papel, una caja con canicas transparentes, dibujos hechos con colores brillantes, recortes de revistas que nunca se acordaba de qué eran hasta que los desdoblaba, las canciones de una niñez ya lejana, una muñeca pequeña y blandita, la colección de joyas de plástico más preciada y diversas piezas de un juego de té en miniatura, encontró unas cuantas promesas incumplidas revoloteando, trozos de vida con lazos de distintos tonos, ilusiones guardadas para mejores ocasiones, risas preparadas en cajitas acolchadas, besos escondidos entre las sombras, caricias acaloradas mientras se hace la cena y felicidad comprimida en botes herméticos.
Y mientras vuelve a acomodar todo lo que ha revuelto, una risa se escapa y una ilusión se destapa para convertir la habitación oscura en un entorno proclive para gozar sin miedo de los placeres de los sentidos.
El amanecer la encontró con los ojos cerrados y el cuerpo abandonado a sus sueños de amor desenfrenado. Porque el hechizo de aquel viejo baúl con nombre propio era que, no se sabe muy bien por qué, al abrirlo y revolver entre sus cosas, ella siempre lograba volver a sentir la convicción de estar verdaderamente viva a su lado.
Supo que ese baúl estaría con ella hasta el final de sus días porque, aunque habían intentado quitárselo varias veces, la magia que había dentro había impregnado para siempre cada una de sus tablas. E incluso a veces, en la oscuridad de las noches estrelladas, se veían salir destellos de luz fantástica por las pequeñas rendijas que daban vida a la estancia.
Para aquellos que saben que, en sí mismos, son un regalo y que son capaces de cantar bajo la lluvia.
@Escritos
Entró despacio en la buhardilla y se paró un minuto para que, sin encender la bombilla desnuda que colgaba del cable, sus ojos se acostumbraran a la luz que entraba por la ventana. Le gustaba el aire de intimidad que da en la oscuridad un rayo de luna azul entrando a hurtadillas.
Y se fue directa a su querido y apreciado baúl.
Primero, lo miró largamente como si le diera miedo acercarse, pero luego acarició delicadamente la tapa para quitarle el polvo inexistente y tocó la larga cerradura que no necesitaba candado porque nadie hurgaba en sus cosas.
Al abrirlo sonó un leve quejido que no era más que el sonido de unas bisagras necesitadas de aceite.
Y a su mente acudió aquella primera vez que destapó ese baúl, algunos años antes, para adoptarlo como el verdadero contenedor de sus tesoros.
Entre postales de las que ya no se escriben, poemas garabateados en servilletas de papel, una caja con canicas transparentes, dibujos hechos con colores brillantes, recortes de revistas que nunca se acordaba de qué eran hasta que los desdoblaba, las canciones de una niñez ya lejana, una muñeca pequeña y blandita, la colección de joyas de plástico más preciada y diversas piezas de un juego de té en miniatura, encontró unas cuantas promesas incumplidas revoloteando, trozos de vida con lazos de distintos tonos, ilusiones guardadas para mejores ocasiones, risas preparadas en cajitas acolchadas, besos escondidos entre las sombras, caricias acaloradas mientras se hace la cena y felicidad comprimida en botes herméticos.
Y mientras vuelve a acomodar todo lo que ha revuelto, una risa se escapa y una ilusión se destapa para convertir la habitación oscura en un entorno proclive para gozar sin miedo de los placeres de los sentidos.
El amanecer la encontró con los ojos cerrados y el cuerpo abandonado a sus sueños de amor desenfrenado. Porque el hechizo de aquel viejo baúl con nombre propio era que, no se sabe muy bien por qué, al abrirlo y revolver entre sus cosas, ella siempre lograba volver a sentir la convicción de estar verdaderamente viva a su lado.
Supo que ese baúl estaría con ella hasta el final de sus días porque, aunque habían intentado quitárselo varias veces, la magia que había dentro había impregnado para siempre cada una de sus tablas. E incluso a veces, en la oscuridad de las noches estrelladas, se veían salir destellos de luz fantástica por las pequeñas rendijas que daban vida a la estancia.
Para aquellos que saben que, en sí mismos, son un regalo y que son capaces de cantar bajo la lluvia.
@Escritos
viernes, 20 de diciembre de 2013
Final de otoño
Las noches se engalanan con reflejos de tus pestañas.
Imágenes que pasean de un lado a otro de la estancia, como si fueran fantasmas que están de fiesta.
Mi mente recrea vivencias que salen de debajo de tu almohada.
Mi cuerpo sufre corrientes que me transportan veloz hasta tus brazos.
Somos un mismo camino plagado de desvíos y atajos.
Y cuando te observo callada, con esa mirada mía que escruta sin querer entrometerse, te veo como un sarcófago enigmático;cerrado a cal y canto, a prueba de las más fuertes inclemencias del tiempo, reflejando su forma y su belleza por fuera y guardando con total sigilo todo lo que lleva dentro.
Tus palabras me traspasan, tu pensamiento es mi rompecabezas, tus deseos me involucran, tu vivir me apasiona. E inevitablemente, una y otra vez, mi corazón siente...y se enternece.
Me gusta ver tu ventana adornada con jardineras.
Pensarte riendo tras las cortinas del salón cuando entro desde la calle.
Hacerte el café por la noche cuando tu sofá te espera impaciente.
Hacer diana una y otra vez cuando he cambiado la punta de los dardos por rayos de amor insoronizados.
Calmar tu tensión con mis manos empapadas en aceite e incienso.
Comerme tu aliento a besos y sentir tus manos fuertes.
Sentirte protegiéndome del frío, llenándome de caricias.
Amarte como sólo sabe amar un corazón ardiente pero equilibrado.
Buscar el final del otoño en tu abrazo perenne.
Vivo con la certeza de saber que eres mi viento en otoño, mi agua en invierno, mi luz en primavera y mi ardor en verano.
@Escritos
Imágenes que pasean de un lado a otro de la estancia, como si fueran fantasmas que están de fiesta.
Mi mente recrea vivencias que salen de debajo de tu almohada.
Mi cuerpo sufre corrientes que me transportan veloz hasta tus brazos.
Somos un mismo camino plagado de desvíos y atajos.
Y cuando te observo callada, con esa mirada mía que escruta sin querer entrometerse, te veo como un sarcófago enigmático;cerrado a cal y canto, a prueba de las más fuertes inclemencias del tiempo, reflejando su forma y su belleza por fuera y guardando con total sigilo todo lo que lleva dentro.
Tus palabras me traspasan, tu pensamiento es mi rompecabezas, tus deseos me involucran, tu vivir me apasiona. E inevitablemente, una y otra vez, mi corazón siente...y se enternece.
Me gusta ver tu ventana adornada con jardineras.
Pensarte riendo tras las cortinas del salón cuando entro desde la calle.
Hacerte el café por la noche cuando tu sofá te espera impaciente.
Hacer diana una y otra vez cuando he cambiado la punta de los dardos por rayos de amor insoronizados.
Calmar tu tensión con mis manos empapadas en aceite e incienso.
Comerme tu aliento a besos y sentir tus manos fuertes.
Sentirte protegiéndome del frío, llenándome de caricias.
Amarte como sólo sabe amar un corazón ardiente pero equilibrado.
Buscar el final del otoño en tu abrazo perenne.
Vivo con la certeza de saber que eres mi viento en otoño, mi agua en invierno, mi luz en primavera y mi ardor en verano.
@Escritos
jueves, 12 de diciembre de 2013
El nombre del mar
La mar tiene días calmados como un plato en el que se refleja la luz del sol a
pequeños destellos. Al mirarlo sientes una placidez indescriptible, porque te
relaja el ánimo ver que algo con tanta fuerza potencial es capaz de estar
sosegado sin parecer yermo.
Tiene días revueltos que semejan un campo de batalla de soldados inexistentes: fuerzas que chocan queriendo dejar su impronta, lanzando ensordecedores bramidos, provocando espuma de pasión descontrolada y lanzando hacia fuera trozos de su alma en forma de gotas de agua.
Y tiene días (los más, todo hay que decirlo) en los que alterna una paz moderada con una fuerza contenida; sin extremos. Miras desde tierra y te hipnotiza descubrir cada movimiento que surge en la superficie pero que viene del mismo fondo.
Observas los encuentros de masas fluidas, sus luchas y su manera de acabar acopladas para formar una unidad indivisible.
Hueles su aroma salado y fuerte que te implora un acercamiento hasta su interior donde tu gozo explota.
Escuchas su canto con una melodía de fondo siempre igual (su compás), pero que va variando según tú vayas interpretando las notas de una partitura invisible.
Sientes su fuerza traspasando tu intimidad aun sin quererlo. Porque no eliges que la mar te imbuya su pasión, su fuerza, su fragancia y su espíritu, pero si estás cerca de él, lo hace. Suavemente te acaricia y te arropa haciéndote saber que siempre que quieras, estará en su escenario para ti.
Disfrutas de su vista, su olor, su paz y su pasión.
¿Y si te dijera que el mar, ese mar del que te hablo, tiene nombre de mujer?
@Escritos
Tiene días revueltos que semejan un campo de batalla de soldados inexistentes: fuerzas que chocan queriendo dejar su impronta, lanzando ensordecedores bramidos, provocando espuma de pasión descontrolada y lanzando hacia fuera trozos de su alma en forma de gotas de agua.
Y tiene días (los más, todo hay que decirlo) en los que alterna una paz moderada con una fuerza contenida; sin extremos. Miras desde tierra y te hipnotiza descubrir cada movimiento que surge en la superficie pero que viene del mismo fondo.
Observas los encuentros de masas fluidas, sus luchas y su manera de acabar acopladas para formar una unidad indivisible.
Hueles su aroma salado y fuerte que te implora un acercamiento hasta su interior donde tu gozo explota.
Escuchas su canto con una melodía de fondo siempre igual (su compás), pero que va variando según tú vayas interpretando las notas de una partitura invisible.
Sientes su fuerza traspasando tu intimidad aun sin quererlo. Porque no eliges que la mar te imbuya su pasión, su fuerza, su fragancia y su espíritu, pero si estás cerca de él, lo hace. Suavemente te acaricia y te arropa haciéndote saber que siempre que quieras, estará en su escenario para ti.
Disfrutas de su vista, su olor, su paz y su pasión.
¿Y si te dijera que el mar, ese mar del que te hablo, tiene nombre de mujer?
@Escritos
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Magia
Érase que se era un castillo mágico situado en la cima de una montaña. Tenía una posición privilegiada y decían que desde allí, en tiempos, se defendía todo el territorio perteneciente al ducado de Torrecilla de las Fuentes Frescas.
La magia le venía por ser un castillo inexpugnable. Sin puertas, ni rejas en la entrada, parecía fácil de traspasar, pero alguna fuerza invisible hacía que el que quisiera pasar no pudiera hacerlo, ya que aunque nada material impedía el paso, todo el que lo intentaba decidía en el último momento no entrar.
Y esa magia, aunque venía de antiguo, se había acentuado a lo largo de los últimos tiempos.
La tradición decía que quien alguna vez a lo largo de la historia había entrado en el castillo, lo había hecho con algún objeto mágico. No siempre era el mismo, porque dependía de quién lo utilizara, pero eso sí, siempre estaba hechizado.
Por ejemplo, si era una pluma, como era mágica, podía hacerte volar. Si era pintura, como era mágica, podía hacerte ser invisible. Pero podía ser también una armadura, un cetro, una varita, una poción...
Como era tan difícil entrar, nadie sabía muy bien qué había dentro, pero todos soñaban con encontrar grandes riquezas. A lo mejor no materiales pero sí de esas que te hacen sentir bien y que justificaran el hecho de que sólo podía entrar quien lo intentara con su magia.
Yo busqué y busqué el castillo porque sabía que con mi mágico anillo quitamiedos seguro que podría entrar en él. Pero no lo encontraba. Por más que me decían: ¡¡encima de la tercera loma!! ¡¡debajo del bosque de abedules!! ¡¡pasado el riachuelo de la montaña!!...NADA.
Y de pronto, un día cualquiera, dando un paseo, me di de bruces con él. Un castillo impresionante, regio, de una vista cautivadora, escondido entre los árboles y rodeado por fosos profundos que daban al conjunto un aspecto encantador y que susurraba su historia aunque no quisieras escuchar.
Efectivamente, mi anillo mágico quitamiedos me permitió la entrada y viví unos momentos de confusión a la vez que de dicha, al encontrarme en un ambiente que me hacía percibir mucho más de lo que pueden ver los ojos.
Entendí muchas cosas hasta el momento para mí inaccesibles. Vislumbré muchos sentimientos ajenos enterrados y escondidos; comprendí mil detalles hasta ahora clandestinos. Y encontré la manera de perder el miedo a abrirse a lo desconocido; a cambiar de vida y beberla a sorbitos a la luz de un cálido fuego; a empezar de nuevo de cero con la ilusión intacta; a soltar amarras, sin disfrazar mi miedo de amor por lo mío; a tener esperanzas de un mañana a tu lado.
Quizás esta historia que relato como mía, pueda ser el cuento de muchos que la leen. Porque los castillos inexpugnables siempre se pueden traspasar si somos capaces de encontrar la magia que nos ayude.
¿Cuál es tu magia?
@Escritos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



