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lunes, 22 de julio de 2013

Cerezas y miel




Entre los cerezos rebosantes de frutos rojos, un brillo intermitente llamaba la atención.

El movimiento era constante pero muy lento; hacía ochos cada vez más amplios, de manera que iba recorriendo toda la superficie del árbol como si fuera una guirnalda de espumillón de Navidad, pero en pleno mes de julio.

Si alguien lo hubiera visto, sus ojos seguirían el desplazamiento como si estuvieran hipnotizados y no pudieran dejar de mirar aunque quisieran, pareciendo que se hacían ejercicios de relajación con la cabeza.



A la vuelta de la esquina, en la parte delantera del jardín, los frutos recogidos horas antes, se transformaban en confitura tras pasar por un cuidadoso proceso. Desde el aire, una presencia callada observaba cómo se movían todos, y se deleitaba percibiendo de qué color era la energía que despedían cada uno de ellos desde su interior.


Todo era actividad y alegría en medio de un día tormentoso.


Ahora, el brillo intermitente revoloteaba alrededor de aquello que parecían mesas hechas de tronco de roble con una cubierta de negra pizarra y que en realidad eran antiguas colmenas muy bien conservadas. Dentro, protegidas del frío durante el invierno o del fuerte calor del verano, las abejas construyeron en su día sus panales de miel, que luego era recolectada.


Mientras las alas de Darabita no paraban de moverse, ella curioseaba, descubría, avistaba: cerezas y abejas; árboles y colmenas; confitura y miel.


El hada Darabita, acostumbrada a provocar ilusiones, decidió que antes de que finalizara el día tenía que dejar en el cielo, a la vista de todos, el regalo más preciado de un día soleado que se moja.

Pidió ayuda a las hadas del hayedo cercano y se puso manos a la obra.
En un momento, gota aquí, gota allá, construyeron algo que nunca ha dejado de parecer maravilloso a los ojos humanos, tomado en ocasiones como portador de augurios, en otras como inspiración de leyenda y, siempre, como una obra de arte digna de admirarse.

Al grito de ¡venid, mirad!, se asomaron todos al balcón del piso alto, y situados entre el sol y la lluvia de gotas esféricas, contemplaron dos arcos de colores en el cielo (el primario y el secundario) que nunca podrían llegar a tocar porque el arcoíris es solo un fantasma, una imagen. El trabajo de las hadas, colocando las gotas justas en el sitio adecuado, provocaba que cada uno de los presentes viera su propio arcoíris porque al mirar hacia él “solo” vemos luz dispersada por diferentes gotas de agua y cada cual ve distintas gotas. 


Además, como el sol ya estaba bajo, la cresta del arco iris era muy alta; todo un espectáculo final para el inicio de una singladura hacia el éxito de un sueño.


Darabita siguió durante un buen rato revoloteando por encima de sus cabezas, pero nadie la vio porque estaban todos extasiados disfrutando de esos colores en el cielo que estaban uniendo, sin saberlo, el tesoro fantástico que encerraba esa casa: la ilusión de unir para siempre cerezasy miel.




  



@Darabita

lunes, 21 de enero de 2013

La burbuja

"Aquí no se vende ni se compra nada. Sólo se acepta el intercambio".

El cartel imaginario lo decía claro, pero aunque al principio él no creyó que nadie pudiera dar algo a cambio de uno de sus sueños, -aunque fuera el más preciado de todos los que tenía-, con el tiempo, la experiencia le hizo entrar en razón.

Cuando las hadas son pequeñas y aún no pueden volar, no tienen nada mejor que hacer que pensar y pensar. Y como ocurre también en el mundo humano, hay hadas con mucha imaginación, hay hadas con mucha ilusión, hay hadas innovadoras y creativas, hay hadas con ganas de inventar cosas que ayuden a los demás a ser felices…Vamos, que hay hadas de muchos tipos.

El hada Darabita, desde bien pequeñita, tenía claro que en cuanto pudiera ser autónoma quería ayudar a los humanos a hacer vivir sus sueños. Sueños que, quizás, ni siquiera sabían que tenían o simplemente que no eran capaces de visualizar.

Cuando pasó un tiempo (y fue mucho, porque el tiempo de las hadas se mide en ultraminutos-megasónicos) y Darabita se hizo mayor (aunque seguía siendo pequeñísima a ojos de los humanos), se convirtió en un hada fuerte, muy fuerte; con mucha energía y un movimiento envolvente que te atrapaba sin darte cuenta cuando la veías andar, y mucho más si tenías la suerte de verla volar. No había nadie que la pudiera cansar; su paciencia era infinita y la compasión hacía de ella un ser muy amoroso. Sabia, inteligente, fiable, imaginativa, creativa, protectora, cariñosa y optimista. Su intuición le hacía darse cuenta de lo que querían los humanos antes de que ellos mismos lo intuyeran.

Por eso, cuando descubrió que existía un invento consistente en una burbuja invisible dentro de la cual, a todo aquel que pasa por ella le quita un sueño, Darabita llegó a un acuerdo con el duende inventor: a partir de ahora en vez de recoger los sueños para acumularlos en el profundo pozo cerca de su cabaña, ella se iba a ocupar de utilizarlos para hacer trueques: “un sueño tuyo, por otro ajeno”.
Darabita se ocupa con gran diligencia del reparto y, no se sabe muy bien cómo ni por qué, siempre logra que el cambio sea satisfactorio.  




En medio de una gran dehesa, amplia, verde y fresca se oía el crujir de unos pasos callados. Un hombre se acercaba (un poco temeroso, todo hay que decirlo) a dejar uno de sus sueños para que otros pudieran utilizarlo. Y, claro está, a llevarse una quimera ajena que le hiciera vivir lo que nunca fue capaz de imaginar por sí mismo. Él no sabe cómo sucede esto. Ni siquiera sabe de la existencia de Darabita ni de su trabajo con el invento del duende, pero ha comprobado que cuando pasa por allí algo le roza la cara muy suavemente y luego, siempre, le viene a su mente un bonito sueño que le hace seguir viviendo.

Porque a veces los sueños de los demás nos hacen revivir nuestras esperanzas clandestinas.



Y de noche, si tienes la paciencia de estar muy quieto y sin hacer ni un ruido, desde la linde del bosque, se ve muchas veces cómo Darabita prepara los sueños ajenos metiéndolos en papel de aluminio para que no se enfríen y poniéndoles pegatinas de colores que los clasifican.

Tú, ¿cuál de tus sueños regalarías?





@Darabita

jueves, 10 de enero de 2013

Vuelve Darabita

Era mi cumpleaños. Ya no esperaba recibir muchos regalos, porque ya se sabe que cuando las hadas se van haciendo mayores, lo de la tarta y las velas van quedando en el olvido. Y lo de los regalos, más.

Pero ese año, obtuve el mejor regalo de todos los tiempos. Cuando me fui a acostar, me encontré encima de mi almohada un paquete bastante grande envuelto con papeles de colores, de los que me gustan a mí para envolver regalos, y un lazo (de los que no me gustan) que le daba al paquete una prestancia especial. Y era para mí seguro, porque con letras brillantes ponía mi nombre: D A R A B I T A
 
 


Pensé quién me lo habría dejado allí porque no había nadie en el bosque; pero ya se sabe que en el mundo de las hadas, en un cumpleaños, puede pasar de todo. Así que lo abrí, un poco nerviosa, un poco expectante y sin parar de pensar cómo habría llegado hasta mi cama.

Dentro, una caja muy bonita, labrada y con un aldabón que le daba aspecto de cofre del tesoro.

Prometo que lo que cuento a continuación es verdad.

Al abrir la caja, salió de ella un resplandor. Pero no sólo una luz (que ya sería raro) sino como si el interior despidiera diminutos trozos de estrellitas, de esos que vuelan en la dirección que más le apetece sin hacer siquiera caso a la fuerza de la gravedad.

Mi cara debía ser un poema, porque ya tenía yo encima bastante intriga sobre cómo había llegado hasta allí el paquete, para encima encontrarme con eso. Pero como si se tratara de una película, seguí con la escena adelante sin quedarme paralizada ni muda (que si no, no habría escena).

Con un poco de miedo, o más bien precaución y cantando, metí las manos en la caja a ver qué encontraba. Mis ojos brillaban de ilusión, mis labios reían sin poder evitarlo, todos mis sentidos estaban erizados.

En el fondo de la caja, algo redondo, blandito pero sin llegar a ser fofo.


Quise descubrir al tacto qué era, pero fui incapaz y lo saqué de la caja para mirarlo. Era una bola, nada más que una bola de color azul; ni pesada ni ligera, ni dura ni blanda, ni rugosa ni suave.…sólo una bola. Pero eso sí, de un color que pocas veces había visto: un azul turquesa más profundo que el mar del Caribe.

Me la puse encima de la falda y volví a meter la mano en la caja. Saqué otra bola igual, pero esta vez verde. De un verde claro pero con tonalidad profunda.

Y cada vez que metía la mano, sacaba otro color. Porque ya me di cuenta de que no eran bolas, eran colores. Nada más y nada menos que colores en su estado más puro.

Ahora sí que me puse nerviosa pensando quién me lo habría dejado allí. Porque ese era un regalo que no podía hacerlo cualquiera.

Rojo, pasión encendida; naranja, viveza infinita; violeta, sueño de atardecer; amarillo, incandescencia lumínica; blanco resol sobre cal...y así todos los colores de la escala cromática.


Lo más bonito de todo es que al tocar esas bolas (perdón, esos colores) y mover mis manos, ante mí aparecían imágenes dibujadas con toda nitidez. Había ausencia de líneas de grafito, pero los tonos sabían muy bien separar los volúmenes y darle al paisaje hasta su sensación al mirarlas.

¡Estaba extasiada!



Y entonces, de pronto, comprendí de dónde salió mi regalo.

Y sonreí.







@Darabita